La Ciudad de México se hunde de manera desigual y persistente por una combinación de factores geológicos e hídricos. La principal causa señalada por especialistas es la sobreexplotación del acuífero del Valle de México, un proceso que acelera la compactación de los suelos arcillosos sobre los que se levantó buena parte de la capital.
En la nota original publicada por Grupo Animal, el fenómeno se explica a partir de la evidencia científica reunida por investigadores de la UNAM y de observaciones satelitales recientes. La publicación retoma que el hundimiento no es uniforme: algunas zonas se deforman más rápido que otras, lo que complica la planeación urbana y eleva el costo de mantenimiento de la infraestructura.
Por qué se hunde la ciudad
La capital mexicana está construida sobre antiguos depósitos lacustres, formados por materiales blandos que pierden volumen cuando se extrae demasiada agua subterránea. Esa relación entre la geología del Valle de México y la presión sobre los acuíferos es la explicación más aceptada entre especialistas consultados en publicaciones recientes sobre el tema. La CONAGUA mantiene identificados acuíferos en condición de sobreexplotación, entre ellos el de la Ciudad de México, lo que da contexto al deterioro del subsuelo.
La NASA publicó en abril de 2026 un análisis basado en mediciones preliminares del satélite NISAR entre octubre de 2025 y enero de 2026. El estudio observó subsidencia acelerada en distintos puntos de la capital y destacó que el sistema satelital permite seguir el fenómeno desde órbita con gran precisión. Entre los sitios mencionados como referentes visuales están el Ángel de la Independencia y zonas cercanas al aeropuerto capitalino.
De acuerdo con la cobertura de Grupo Animal, esa evidencia refuerza lo que desde hace años han advertido investigadores del Instituto de Geofísica de la UNAM: el hundimiento es lento, pero constante, y su origen está vinculado con la extracción de agua y con la historia geológica del valle.
Los principales riesgos a futuro
El mayor riesgo no es solo que el suelo baje, sino que lo haga de forma diferencial. Cuando una parte de una avenida, una colonia o una línea de infraestructura se deforma más que otra, aparecen grietas, desniveles y fracturas que afectan la operación cotidiana de la ciudad. En ese escenario, el costo de reparación se vuelve recurrente y la vida útil de estructuras y vialidades disminuye.
La publicación de Grupo Animal advierte que el hundimiento puede comprometer la seguridad del frenado en tramos del Metro, aumentar el riesgo de inundaciones y deformar vías. Esa línea de riesgo coincide con estudios académicos recientes sobre la vulnerabilidad física de la capital frente a la subsidencia y con reportes periodísticos que han documentado afectaciones en transporte, drenaje y calles.
En el plano urbano, el problema se refleja en banquetas partidas, coladeras desalineadas, tuberías dañadas y pavimento que requiere intervención constante. A mediano plazo, estos daños presionan los presupuestos públicos y también la operación de servicios esenciales, sobre todo en zonas donde la subsidencia se combina con fugas de agua o con una red hidráulica envejecida.
Otro riesgo destacado por especialistas es el aumento de la vulnerabilidad frente a lluvias intensas. Si el drenaje pierde pendiente o se deforma, evacuar el agua se vuelve más difícil y algunas áreas quedan expuestas a encharcamientos e inundaciones. En una ciudad con una red compleja y al mismo tiempo frágil, el hundimiento agrava problemas que ya existen.
Qué tan grave puede ser
Las tasas de hundimiento no son iguales en toda la metrópoli. Un trabajo difundido por la UNAM en mayo de 2026 señaló que en algunos puntos de la zona metropolitana se registran velocidades de hasta 42 centímetros por año, una cifra que ilustra la magnitud del fenómeno en regiones específicas. Otras coberturas periodísticas del mismo periodo reportaron tasas cercanas a dos centímetros al mes en sectores puntuales, de acuerdo con el análisis de la NASA.
Eso no significa que toda la ciudad se esté hundiendo al mismo ritmo, ni que cada colonia enfrente el mismo nivel de daño. Pero sí confirma que la subsidencia ya es un problema de infraestructura, gestión del agua y protección civil. Por eso, el Atlas de Riesgos de la Ciudad de México y distintos estudios técnicos insisten en la necesidad de mapear con precisión las zonas más afectadas para orientar obras y decisiones públicas.
Los investigadores citados en la cobertura también advierten que el fenómeno no puede revertirse con facilidad, porque responde a condiciones físicas del subsuelo y al comportamiento del acuífero. En términos prácticos, eso obliga a pensar en medidas de mitigación: reducir la sobreexplotación, reparar fugas, mejorar la eficiencia del sistema hídrico y diseñar obras más resistentes al movimiento del terreno.
Un problema de largo plazo
El hundimiento de la CDMX no es una noticia aislada ni un fenómeno nuevo. Forma parte de una discusión de largo aliento sobre el abastecimiento de agua, la expansión urbana y la sostenibilidad de una metrópoli asentada en un entorno geológicamente frágil. La utilidad de las nuevas mediciones satelitales, según la NASA y especialistas de la UNAM, es que permiten ver con mayor claridad dónde se acelera el problema y qué infraestructura necesita atención prioritaria.
En esa lectura, el mensaje de fondo no es alarmista, pero sí urgente: mientras continúe la extracción intensiva de agua subterránea y no se reduzcan las fugas ni se fortalezcan las redes urbanas, la capital seguirá enfrentando los efectos de un hundimiento que ya es visible en calles, monumentos y sistemas de transporte.
