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Columna plantea medir el polvo urbano en CDMX; cifras citadas requieren precisar su año de referencia

El polvo que se acumula en calles, banquetas y vialidades de la Ciudad de México no es únicamente una molestia visual: puede volver a levantarse con el tránsito y el viento, incorporándose de nuevo al aire que respiran peatones, ciclistas y automovilistas. Bajo esa premisa, la columna El polvo que respiramos en CDMX, publicada el 28 de agosto de 2026 por Eje Central y firmada por Miriam Saldaña, plantea que la capital requiere mediciones periódicas para conocer la composición de ese material y ubicar las zonas con mayor exposición.

El texto sostiene que el polvo urbano puede ser una mezcla de partículas relacionadas con el desgaste de frenos, neumáticos y pavimento, además de residuos de combustión, obras, pinturas y otras actividades metropolitanas. La propuesta expuesta en la columna consiste en impulsar muestreos representativos en las 16 alcaldías, análisis químicos periódicos, mapas de concentración y riesgo, así como mecanismos para identificar y controlar fuentes contaminantes.

La discusión resulta relevante porque el material particulado es uno de los contaminantes atmosféricos con mayor evidencia de efectos en salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) explica que las partículas PM10 tienen un diámetro de hasta 10 micrómetros, mientras que las PM2.5 son aún más pequeñas, con un diámetro de hasta 2.5 micrómetros. Por su tamaño, estas últimas pueden penetrar más profundamente en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo.

La resuspensión de polvo, una fuente reconocida en la capital

La columna refiere que en 2024 se estimaron alrededor de 11 mil toneladas de PM10 emitidas en la Ciudad de México y que la principal contribución provenía de la resuspensión de polvo en vialidades pavimentadas. Sin embargo, la revisión del documento oficial localizado para verificar ese dato muestra que la cifra corresponde al Inventario de Emisiones de la Ciudad de México de 2016, publicado por la Secretaría del Medio Ambiente (Sedema), no a 2024.

En ese inventario, Sedema estimó aproximadamente 11 mil toneladas anuales de PM10 y señaló que el mayor aporte procedía de la resuspensión de polvo en vialidades pavimentadas. El documento también indicó que el transporte, considerado como fuente móvil, aportaba 53% de las emisiones totales de PM10 en la estimación analizada. Esto no significa que el dato deje de ser útil para entender el fenómeno, pero sí que debe presentarse con el año correcto para evitar interpretaciones sobre la situación actual.

La resuspensión ocurre cuando partículas ya depositadas en la superficie son levantadas nuevamente por el paso de vehículos, las corrientes de aire o actividades en la vía pública. Por ello, el polvo no debe analizarse sólo como una consecuencia de fuentes directas de emisión, sino como un componente que puede permanecer en el entorno urbano y regresar a la atmósfera en distintos momentos.

PM10 y PM2.5: por qué importa conocer su composición

La OMS considera que tanto la exposición de corto como de largo plazo a partículas suspendidas se asocia con efectos respiratorios y cardiovasculares. La evidencia internacional identifica a las PM2.5 como una fracción particularmente preocupante debido a su capacidad de atravesar la barrera pulmonar. La composición de las partículas también importa: su impacto puede variar según su origen y según los compuestos que transporten.

Por esa razón, la propuesta de ampliar el conocimiento sobre el polvo depositado en la ciudad va más allá de medir la concentración general de contaminantes en el aire. Un programa de caracterización química podría ayudar a distinguir, por ejemplo, la contribución relativa del suelo, el desgaste vehicular, procesos de combustión, actividades de construcción u otras fuentes. No obstante, determinar riesgos específicos requeriría protocolos técnicos, muestreos comparables y análisis realizados por laboratorios especializados.

La columna menciona cifras sobre emisiones de PM2.5 y residuos de construcción, pero no proporciona los documentos técnicos que permitan corroborar el año, método de cálculo o alcance de esas estimaciones. Por ello, esos datos no pueden tomarse como una medición independiente de la situación actual sin consultar sus fuentes primarias.

Avances reportados por Sedema y retos de medición

La Sedema informó en noviembre de 2025 que, durante el primer semestre de ese año, la Ciudad de México registró una reducción de 13% en PM10 y 22% más días limpios en la Zona Metropolitana del Valle de México respecto al mismo periodo de 2024. El reporte atribuyó esos resultados a acciones en materia de calidad del aire y mitigación climática.

Estos indicadores reflejan cambios en contaminantes monitoreados en el aire, pero no sustituyen un análisis detallado del polvo que se deposita sobre superficies urbanas. Son mediciones complementarias: una permite seguir la calidad del aire ambiente y otra podría aportar información sobre materiales presentes en calles, aceras y espacios públicos, así como sobre las rutas mediante las cuales vuelven a dispersarse.

Hasta la información revisada, la publicación de Eje Central presenta la iniciativa como una propuesta contenida en un punto de acuerdo, pero no fue posible corroborar en fuentes oficiales el texto íntegro, su fecha de presentación, la comisión legislativa que eventualmente lo analizaría ni una resolución sobre su aprobación. Esa precisión será necesaria para conocer si la idea se convierte en una acción institucional con presupuesto, metodología y obligaciones de seguimiento.

El debate, en todo caso, pone atención en una fuente de contaminación que suele pasar inadvertida. Corregir la referencia temporal de las cifras, transparentar los métodos de medición y publicar resultados desagregados por zona serían pasos necesarios para que cualquier estrategia sobre polvo urbano pueda evaluarse con criterios verificables.

Fuentes consultadas


Imagen ilustrativa. Foto de Roland DRz en Pexels.

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